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Una mujer de quien aprender

Doris Lessing, gran parte de su ficción se basa en experiencias adquirías en el sur de Rhodesia (ahora Zimbabwe), donde vivió cuando era niña. Su oposición al Gobierno minoritario blanco de Rodesia le valió el sello de “inmigración prohibida”: es decir, no se le autorizaba a volver a entrar en el país, y fue tan solo en 1982 que se le permitió volver. Cuatro veces visitó la tierra de su infancia y juventud, dieron lugar al libro de reportaje African Laughter. 

Dice de ella “Nací para escribir, como otras personas nacen para pintar… eso es todo”, dijo en alguna ocasión. “Los escritores cuentan historias. Eso es lo que hacemos”.

Se interesó por los problemas de la educación en Rodesia. Para Lessing, un intento de solución empieza siempre con el individuo. El individuo, como lo piensa Lessing (y como lo pensaba Aristóteles), desea esencialmente el bien: conocer el mundo, vivir en él con justicia, ampliar su mente y sus poderes intelectuales, compartir deberes y privilegios, ser lo más humano posible. Y ese deseo, aun en las sociedades más desunidas, más frágiles, junto a la necesidad de sobrevivir físicamente, de comer y beber dignamente, y de tener un techo y un refugio, se manifiesta concretamente en el deseo de leer.

En casi todos sus libros, ese esperado reflejo es, la meta literaria. Un reconocimiento, la intuición de una memoria, una sensación de poseer de pronto, convertida a palabras, una experiencia ya sentida, íntima y secreta. Desde sus primeras ficciones autobiográficas, propuso a sus lectores preguntas fundamentales sobre cómo actuar con responsabilidad en el mundo.

Ser lector es, para Lessing, una toma de poder, un acto revolucionario que nos permite acceder a la memoria del mundo, a ser ciudadanos en el sentido más profundo de la palabra. “Literatura e historia son ramas de la memoria humana”, escribe. “Nuestro deber es recordar, incluso lo que está por suceder”.

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